Hace unas semanas, una famosa cantante urbana dominicana, externaba públicamente su disgusto ante las dificultades que había experimentado al tratar de adquirir un inmueble en zonas residenciales del área metropolitana del país, dado que, aun cumpliendo con los requisitos legales y económicos, la Junta de Vecinos no aprobaba su solicitud de compra o alquiler alegando que se trataba de un edificio “familiar” y que no podían aceptarla. Ella calificaba el hecho de “discriminación por prejuicios infundados”.
Cuando vi esa noticia, y conociéndose el proceder, trayectoria e imagen pública de dicha figura, a mi mente vinieron de inmediato varios aspectos: cada quien debe asumir las consecuencias de su conducta, de lo que dice y lo que hace; en la vida hay que actuar con coherencia, no es solo ser sino parecer; y se cosecha lo que se siembra. Con relación a este personaje, no hay más nada que agregar.
Ahora bien, ¿ser famoso, reconocido y popular, implica necesariamente tener buena reputación? ¡Por supuesto que no! Nada tiene que ver con temas de rankings, views o likes.
¿Cuánto vale una reputación? ¿Cuál es el costo de ese conjunto de criterios, percepciones, creencias y actitudes que se forman los diferentes grupos de interés sobre una entidad, persona o marca?
Empecemos por tener claro que “la reputación” es el intangible más valioso que se puede tener. No es algo que se compra ni se vende, no se posee ni se controla como un objeto o un proceso. El prestigio, respeto, confianza, credibilidad, lealtad y valor que genera la reputación, se cultiva y se merece sustentado en un trabajo constante y permanente, a mediano y largo plazo, con un comportamiento coherente, ético y transparente, con integridad, propósito, compromiso y valores. Construir una reputación no es de la noche a la mañana, ni algo tan sencillo: requiere también de estrategia, planificación, visibilidad y comunicación.
En este entorno tan competitivo, complejo y desafiante, en ocasiones hasta incontrolable, donde todo se juzga, todo se ve, todo se sabe, todo se dice, con percepciones y opiniones por doquier, incluso con moneda de cambio, saber gestionar y mantener la imagen pública, inteligentemente, es una necesidad. Construir y cuidar una reputación sólida es uno de los patrimonios más preciados, con múltiples beneficios tangibles económicos y sociales, incluyendo hasta para sortear con éxito situaciones de crisis.
Dice un proverbio: “Una onza de reputación, vale más que mil libras de oro”. Siempre es propicio para las empresas, instituciones, figuras públicas y marcas hacer un ejercicio de introspección y preguntarse de manera consciente: ¿quién soy, qué hago y quién digo ser?; ¿qué piensan y opinan los demás sobre mí, desde clientes, empleados, accionistas, la competencia y actores del sector al cual pertenezco?; ¿cómo me ven?; ¿qué debo hacer para merecer una buena reputación?; ¿qué plan de acción debo ejecutar para incrementar ese valor intangible de mi persona u organización?; ¿estoy ejecutando las estrategias de comunicación correctas en el proceso de construcción de mi reputación?; ¿cómo está construida mi huella digital, qué dice?
En esta carrera a largo plazo, debemos recordar que “La mujer del César no solo debe ser honrada, sino además parecerlo”.
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