Estaba compartiendo con unos amigos en Long Island, New York, cuando recibí la noticia. Esta me golpeó con la fuerza de un puñetazo en el estómago. Sentí un fuerte escalofrío, un dolor, una pena indescriptible, y solo atiné a gritar “NO”. El pasado 7 de junio, en la comunidad de Fontibón, Bogotá, Miguel Uribe Turbay, senador de la República de Colombia, y también candidato presidencial, fue víctima de un ataque a bala durante su campaña.
Con lágrimas en los ojos, veía las imágenes de la emergencia, la sangre, la gente desesperada. La incertidumbre sobre su estado, el sufrimiento de su esposa, y mi amiga María Claudia, todo se mezcla con una rabia profunda, una frustración y una impotencia que oprime el pecho.
Miguel no es solo una figura pública, no es una noticia más. Él es mi amigo, mi compañero de universidad. Nos graduamos juntos de la escuela de gobierno de la Universidad de Harvard. Es una persona con sueños, con una hermosa familia, y hoy se encuentra en una situación crítica, debatiéndose entre la vida y la muerte, herido por la violencia sin sentido.
Lo más desgarrador es saber que un adolescente, de tan solo 15 años, fue quien disparó el arma. Este hecho no solo es un ataque directo contra una figura política, sino que también expone una herida profunda en el tejido social colombiano: la facilidad con la que la violencia irrumpe en la vida de las personas, y el preocupante involucramiento de jóvenes en actos tan destructivos.
Pero, para mí, esta situación tiene un eco aún más personal. Yo también fui candidata al Senado (solo que aquí en RD). Compartí las calles, las plazas, las miradas y los apretones de manos con la gente. Al igual que Miguel, puse mi nombre a consideración, expuse mis ideas, mis propuestas, mis esperanzas para el país. Este ataque a Miguel no es un hecho lejano: es una bala que me pudo haber alcanzado a mí o a cualquier candidato político, en cualquier lugar. Es un recordatorio brutal de que el compromiso con la democracia, y el servicio público, a menudo, exige de una gran valentía y de un costo demasiado alto.
Siento mucha impotencia al ver como la polarización y el odio se han enraizado, al punto que los desacuerdos políticos se transforman en justificacion para la agresión física. La democracia no puede crecer ni florecer bajo el yugo del miedo. Necesitamos un ambiente donde las ideas se debatan con pasión, sí, pero siempre con respeto y sin recurrir a la violencia. La vida de Miguel está en riesgo y, con ella, una parte de la esperanza en una democracia pacífica y justa.
Insisto, en que la agresión contra Miguel no es un incidente aislado, es un síntoma alarmante del deterioro de la democracia en Colombia. Cada disparo, cada amenaza, cada acto de violencia política, es una bala dirigida al corazón de sus instituciones, a la libertad de expresión, y a la capacidad de los ciudadanos para elegir a sus líderes sin temor. ¿Qué tipo de sociedad se está construyendo si la contienda electoral se convierte en un campo de batalla literal?
Es imperativo que, como seres humanos, como sociedad, reflexionemos sobre el camino que estamos tomando. Aún, desde fuera, debemos exigir no solo justicia para Miguel y su familia, sino también un compromiso inquebrantable de todos los actores políticos y sociales para erradicar la violencia de los discursos y de las calles. ¡LA VIOLENCIA NUNCA ES JUSTIFICABLE. PUNTO!
Solo así podremos asegurar que la voz de los ciudadanos no sea silenciada por el estruendo de las balas, y que la democracia colombiana pueda sanar y fortalecerse. No dejemos que la violencia gane. Miguel, ¡estamos contigo!
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