Nos despertamos con alarmas, revisamos el celular antes de estirar el cuerpo y, sin darnos cuenta, ya estamos corriendo… Apresurados detrás de las loncheras de los niños, del trabajo, de las metas del día… O sea, ¡vivimos ocupados! Como sociedad, trabajamos más que nunca, pero vivimos menos en todo el sentido de la palabra.
Hemos normalizado jornadas interminables, respuestas inmediatas, agotamiento crónico y una constante sensación de culpa por descansar… Es que relajarse hoy parece un privilegio, no un derecho o una necesidad. Dormir ocho horas “es un lujo”, y comer sin prisa, “es un premio”. Tener tiempo para uno mismo es casi una extravagancia. Y, aun así, seguimos aplaudiendo la cultura
de la hiperproductividad como
sinónimo de éxito.
En República Dominicana, como en muchos países de la región, el discurso de “trabaja duro y lograrás todo”, ha sido repetido como un mantra. Y aunque el esfuerzo es parte esencial de cualquier logro, poco se habla del precio emocional que estamos pagando. La ansiedad, la depresión, el insomnio y el agotamiento mental ya no son excepciones, sino síntomas colectivos de un sistema que nos exige rendir
sin tregua.
El problema es que confundimos “estar ocupados” con estar avanzando. Llenamos las agendas, acumulamos responsabilidades, pero olvidamos preguntarnos hacia dónde vamos realmente… ¿Estamos viviendo, o solo sobreviviendo? ¿Estamos presentes
en lo que vivimos, o simplemente cumpliendo rutinas?
La tecnología, que llegó para facilitarnos la vida, muchas veces, nos convierte en esclavos. Trabajamos desde cualquier lugar, a cualquier hora… ¡Ya no hay tiempo de desconexión real! El límite entre lo personal y lo laboral es cada vez más difuso. El WhatsApp se responde rápido, el correo no espera, la reunión se mueve de horario, el pendiente nunca termina. Y nosotros, ¡siempre cansados!
Lo más preocupante es que este modelo no solo lo aceptamos, también lo reproducimos. Educamos a nuestros hijos para competir, no para equilibrar. Admiramos al que no se detiene, al que no para, al que siempre está “resolviendo”, como si el cansancio fuera una
“medalla de honor”. Nos han vendido la idea de que detenerse es fracasar, cuando muchas veces, detenerse es sobrevivir.
Hoy, vale la pena preguntarnos si el éxito que perseguimos realmente se parece a la vida que queremos vivir. Si todo el sacrificio tiene sentido, cuando apenas nos queda energía para disfrutar lo logrado. Si la meta justifica un camino recorrido con estrés permanente y ausencia emocional.
Quizás, el verdadero progreso no está solo en producir más, sino en vivir mejor. En trabajar con propósito, pero también, con pausa. En ambicionar, sin olvidar respirar. En crecer, sin perder la salud, los vínculos y la capacidad de disfrutar lo simple.
Porque al final, cuando todo pase, no recordaremos cuántos correos respondimos ni cuántas horas extra trabajamos. Recordaremos a quién tuvimos tiempo de amar, qué momentos vivimos con calma, y cuánta vida hubo, de verdad, dentro de nuestros días.
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