El Mundial terminó y el mundo siguió donde estaba. Durante semanas, pareció que todo giraba alrededor de una pelota. Los horarios se ajustaron, las conversaciones cambiaron de tema, los bares se llenaron, las banderas salieron a la calle y millones de personas vivieron cada partido como si allí se decidiera algo esencial. Gritamos, sufrimos, celebramos, discutimos. Analizamos alineaciones, penaltis, árbitros, gestos, lágrimas y derrotas. Durante un tiempo, todo pareció importante. Y, de pronto, se acabó. La vida volvió a su lugar. O quizá, nunca se había movido demasiado.
Ahí empieza la pregunta incómoda. No en el fútbol, que tiene belleza, emoción, memoria y una capacidad inmensa para reunir a personas muy distintas alrededor de un mismo relato. Sería torpe despreciar eso. El problema no es que un pueblo celebre, se emocione o disfrute. El problema aparece cuando descubrimos que somos capaces de unirnos con una fuerza extraordinaria para mirar un espectáculo, pero no para mirar de frente aquello que realmente nos está afectando.
Porque mientras estábamos entretenidos, los problemas seguían ahí. La educación seguía herida. La salud mental de niños y jóvenes seguía deteriorándose. Las familias seguían agotadas. Los mayores seguían solos. La precariedad seguía normalizándose. La violencia seguía ocupando espacios cotidianos. La desigualdad seguía ensanchando distancias. La convivencia seguía rompiéndose en silencio. Pero nada de eso tenía marcador, repetición desde otro ángulo, ni narrador emocionado.
Roma lo llamó pan y circo.
Solo hemos refinado el mecanismo. Ya no hace falta un emperador repartiendo espectáculo en el coliseo. Ahora basta con mantenernos cómodos, ocupados, excitados, distraídos. Una final, una polémica, una serie, una tendencia, una indignación pasajera, una nueva distracción colectiva. Algo que nos mantenga hablando de lo que no transforma nada mientras dejamos intacto lo que sí debería movilizarnos.
Nos hemos acostumbrado a vivir adormecidos en el sofá. Indignados, sí, pero a distancia. Informados, quizá, pero sin compromiso. Opinando de todo, pero peleando por casi nada. Hemos confundido reacción con conciencia, comentario con participación, emoción compartida con comunidad verdadera. Y así, poco a poco, se construye una ciudadanía que grita mucho cuando hay espectáculo, pero se queda muda cuando se trata de defender derechos, exigir justicia o proteger lo común. Nos juntamos para celebrar, pero no para exigir. Para gritar un gol, pero no para reclamar una escuela mejor. Para vestir una camiseta, pero no para defender la dignidad de quienes viven al límite. Para indignarnos durante unas horas, pero no para sostener una causa durante meses. Hemos aprendido a vivir la emoción colectiva sin asumir sus consecuencias. A sentir juntos sin actuar juntos.
Y eso es peligrosísimo. Porque una sociedad no se duerme de golpe. Se adormece poco a poco. Primero, deja de sorprenderse. Después, deja de incomodarse. Más tarde, deja de preguntarse. Y, al final, termina aceptando como inevitable aquello que antes habría considerado intolerable. La precariedad se vuelve paisaje. La desigualdad, costumbre. La soledad, asunto privado. La mala educación, mala suerte. La violencia, una noticia más. La pérdida de derechos, un trámite lejano.
El pan y circo de hoy no necesita prohibirnos pensar. Le basta con mantenernos ocupados. Nos da conversación sin profundidad, emoción sin compromiso, pertenencia sin responsabilidad, indignación sin continuidad. Nos permite sentir que participamos en algo, aunque casi nada cambie. Nos deja comentar la realidad, pero no transformarla. Nos concede el alivio de opinar, mientras nos roba lentamente la fuerza de actuar.
Y aquí la educación aparece en toda su gravedad.
Porque los niños no solo aprenden en la escuela. Aprenden mirando el comportamiento adulto. Aprenden de nuestras prioridades reales, no de nuestros discursos. Aprenden qué nos mueve, qué toleramos, qué defendemos, qué nos da igual. Aprenden si la comunidad sirve para proteger lo común o solo para reunirse frente a una pantalla. Aprenden si ser ciudadano significa participar en la vida pública, o simplemente tener una opinión rápida sobre lo que ocurre.
Cada vez que una sociedad se moviliza más por un espectáculo que por una injusticia, educa. Cada vez que normaliza problemas graves, porque ya no generan sorpresa, educa. Cada vez que convierte la comodidad en refugio y la crítica en simple comentario, educa.
Y ese quizá sea el mensaje más inquietante que estamos dejando a las siguientes generaciones: que la realidad puede esperar mientras haya algo que ver. Que la emoción pesa más que el compromiso. Que estar juntos para celebrar es fácil, pero estar juntos para defender derechos resulta demasiado incómodo. Que se puede vivir en democracia como espectador, sentado en el sofá, con la conciencia tranquila, porque alguna vez se opinó en voz alta.
No se trata de renunciar a la fiesta. Una sociedad también necesita alegría, juego, celebración y descanso. El problema no es disfrutar. El problema es dormirnos dentro del disfrute. Convertir el entretenimiento en anestesia. Confundir la pausa con la renuncia. Aplaudir mientras otros deciden por nosotros. Reír mientras se estrecha el margen de lo posible.
Educar, entonces, debería ser también despertar.
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