Como dice una de mis guías espirituales: en la vida, todo es información. Cada experiencia, cada encuentro y cada sacudida, traen un mensaje. Si estamos abiertos y receptivos a aprender algo nuevo cada día, nos convertimos en receptores de sabiduría. Y no hablo de una sabiduría solemne, sino de esa que se cuela en los detalles cotidianos, en las conversaciones que nos remueven, en los gestos que nos sostienen.
Los aprendizajes abundan y, cuando los dejamos entrar, nos vuelven más sabias en mayor o menor medida. Pero esos aprendizajes no tienen valor si no sirven para sumar, para hacer la vida más llevadera a los demás; si los tomamos como mantras, si practicamos lo aprendido y, sobre todo, si compartimos lo que sabemos, pasamos de ser grandes receptoras a portadoras de experiencias que iluminan el camino de otros.
¿Qué he aprendido?
He aprendido a tomar todo lo que la vida me da: lo bueno, lo no tan bueno… que muchas veces no es malo, simplemente no llega como lo esperábamos o en la forma que queríamos. Pero llega, y eso también es un regalo. He aprendido que la vida no siempre se ajusta a nuestros planes, pero, aun así, nos ofrece oportunidades para crecer, para transformarnos, para mirar desde otro ángulo aquello que antes nos parecía inamovible.
He aprendido que las personas no estamos para abrir frentes, sino para hacer alianzas y aportar valor. Que la competencia desgasta, pero la colaboración expande. He aprendido a transformar lo que recibo, a agradecer incluso lo que me incomoda, y a entender que la vida es cíclica: nada permanece igual, todo pasa. La diferencia está en cómo elegimos afrontar lo que nos toca vivir. En la actitud con la que respondemos a lo inevitable, y en la serenidad que cultivamos para transitar lo incierto.
He aprendido a hacer las paces con las cosas que no puedo cambiar. A soltar la necesidad de controlar lo que no depende de mí. También, he aprendido a acompañar sin juzgar, a no decirle a nadie cómo debe transitar su dolor. ¿Cómo decirle a una amiga que enfrenta el cáncer cómo vivir su proceso? ¡No hay manera!… Solo se puede estar ahí: acompañar, orar, sostener en silencio. ¿Cómo decirle a una madre con una hija enferma que “salga y se divierta”, cuando su alma solo busca calma para reponer fuerzas? Cada ser sabe lo que necesita, y acompañar con respeto, también es un acto de amor profundo.
He aprendido a disfrutar de la soledad, a verla como un espacio sagrado donde me escucho, me ordeno y me reconozco. Pero, también, he aprendido a disfrutar del ruido inevitable y hacerlo mi aliado. Aunque parezca raro, el ruido, muchas veces, también ayuda
a ordenar.
He aprendido a ver la belleza en los días grises, y a ponerle color cuando haga falta. Hay que limpiar primero mi ventana, antes de señalar la del vecino. Al entender que la vida se vive mejor cuando dejamos de exigir la perfección y empezamos a abrazar la autenticidad.
Entre todos estos aprendizajes, aún me falta aprender a escuchar más y hablar menos. A no retener mis lágrimas y dejarlas fluir cuando sea necesario. A ser paciente conmigo misma, a no correr cuando necesito detenerme, a no endurecerme cuando la vida me pide suavidad.
Sigo aprendiendo. A borbotones. Porque la vida, cuando la miramos con atención, siempre tiene algo más que enseñarnos. Y yo, con gratitud, sigo tomando notas.
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