Don Román Ramos: la grandeza de la sencillez

Hay personas cuya historia personal termina convirtiéndose en parte de la historia de un país. Don Román Ramos fue una de ellas. Conocí a Don Román desde mi infancia. Mercedes, su hija mayor, y yo fuimos compañeras y amigas desde el colegio. Los recuerdos de aquella época me evocan la imagen de un padre siempre presente, cercano, humilde y conversador. Años después, con la perspectiva que dan la madurez, la experiencia y la vida profesional, tuve la oportunidad de apreciarlo desde múltiples facetas, confirmando que la grandeza de un ser humano no siempre se mide por el tamaño de sus logros, sino por la sencillez con la que los vive.

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August 19, 2026

Don Román era un ser humano excepcional. Llegar a La Sirena y encontrarlo caminando por los pasillos, comprando pan o haciendo fila para pagar como cualquier otro cliente era algo completamente normal. También lo era verlo, temprano un fin de semana, ejercitándose por las calles sin escoltas ni ostentación alguna, sin temor a su condición de uno de los empresarios más importantes del país. Nunca permitió que el éxito transformara su manera de ser. Conservó siempre la humildad y la cercanía que lo distinguieron, sin hacer alarde de sus logros, de sus empresas, ni de la posición que había alcanzado.

Hace algunos años escuché una anécdota que lo retrata perfectamente. Un joven empleado temporero, que cubría la hora de almuerzo de un compañero, atendió a Don Román, en el área de pinturas, en completo desconocimiento de quién era su cliente. Aunque no pertenecía a ese departamento, hizo todo lo posible por ayudarlo y buscar la información que necesitaba. Don Román agradeció la atención y, antes de retirarse, le preguntó su nombre. Al día siguiente, dio instrucciones de que lo fijaran. Solo entonces descubrió que su cliente era el fundador y propietario de La Sirena.

¿Cómo conocí esta historia? Tiempo después, regresé a ese mismo departamento, y fue ese joven quien me atendió, con la misma disposición, entrega y empatía de siempre. Mientras conversábamos sobre la importancia del servicio al cliente, me compartió aquella experiencia que jamás olvidó. Ese era Don Román: un líder que sabía reconocer a las personas, valorar el esfuerzo, y agradecer el compromiso, incluso, en los gestos más cotidianos.

La historia de Román Ramos en República Dominicana comenzó cuando llegó siendo muy joven a esta tierra, dispuesto a abrirse camino con trabajo, perseverancia y una extraordinaria capacidad para identificar oportunidades donde otros solo veían dificultades. Con visión, disciplina y un espíritu emprendedor incansable, se convirtió en uno de los grandes protagonistas de la transformación del comercio dominicano. Su nombre quedó para siempre ligado a la evolución del sector comercial nacional a través de Grupo Ramos, un emporio que nació de una pequeña tienda de textiles y que, bajo su liderazgo, se convirtió en una de las empresas más emblemáticas e influyentes del país.

Su verdadera dimensión va más allá de las cifras, establecimientos o resultados financieros. Su mayor aporte estuvo en la manera en que entendió los negocios: una construcción colectiva donde el talento humano era el principal activo. Siempre reconoció que el éxito de Grupo Ramos no era obra de un solo individuo, sino el resultado del compromiso de miles de colaboradores que aportaron su talento y dedicación durante décadas. Esa mirada, profundamente humana, definió su estilo de liderazgo y dejó una cultura cimentada en el respeto, la confianza, la coherencia y la valoración del esfuerzo.

Don Román fue un ejemplo de cómo la iniciativa, la disciplina, la humildad y la capacidad de soñar en grande pueden transformar una realidad.
Su trayectoria representa también el enorme valor de quienes llegan a un país con la determinación de construir, aportar y devolver con creces las oportunidades que reciben.

Gracias, Don Román, por todo y, por tanto. Gracias por ser exactamente quien fue. Para mí, ha sido un verdadero privilegio haberlo conocido. Cada conversación, cada enseñanza, cada gesto de sencillez, y cada recuerdo compartido permanecerán imborrables en mi memoria y en mi corazón.

Usted deja mucho más que una gran empresa. Deja el ejemplo y un legado de integridad, amor por la familia, visión, trabajo, compromiso, empatía, humildad y coherencia; valores que guiaron su vida y que hoy permanecen como inspiración para las presentes y futuras generaciones.

Porque, al final, las personas verdaderamente grandes, no son aquellas que acumulan más bienes o reconocimientos, sino las que dejan una huella imborrable en
la vida de los demás.

“No se muere quien se va; solo muere quien se olvida”. 

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