Vivimos como si todo llegara tarde. Nos desespera una página que tarda unos segundos en abrirse, un mensaje que no recibe respuesta inmediata, una fila que no avanza o una persona que se demora demasiado en explicar algo. Escuchamos los audios acelerados (x2), adelantamos los silencios y ocupamos cualquier espera mirando el teléfono… Ya no sabemos qué hacer cuando no ocurre nada.
Durante mucho tiempo, la paciencia fue considerada una virtud. Saber esperar, escuchar sin interrumpir, insistir cuando algo no salía bien o aceptar que algunos procesos necesitaban tiempo eran señales de madurez. Hoy, en cambio, la espera parece un error del sistema. Un tiempo muerto que debe reducirse, aprovecharse o eliminarse. El problema es que este ritmo no solo nos está agotando a los adultos. También, se lo estamos imponiendo a los niños. “Vamos, que llegamos tarde”. “Date prisa”. “Termina ya”. “No te entretengas”. “¿Todavía no estás listo?”.
Estas frases forman parte de la banda sonora cotidiana de muchas familias. No porque falte cariño, sino porque falta tiempo. Las agendas están tan ajustadas que cualquier demora amenaza con desordenarlo todo. Hay una hora para levantarse, otra para llegar al colegio, otra para comer, entrenar, hacer los deberes, ducharse y acostarse. La vida se convierte en una sucesión de tareas que deben completarse a tiempo.
Y, en medio de esa carrera, la infancia estorba. Estorba su lentitud para vestirse, su necesidad de preguntar, su manera de distraerse observando algo que para nosotros no importa. Estorba que quieran contarnos una historia cuando estamos respondiendo mensajes, que tarden en elegir o que necesiten más tiempo para encontrar las palabras. Les pedimos que hablen, pero queremos que vayan al grano. Les preguntamos qué les ocurre, pero nos impacientamos si no saben explicarlo enseguida. Terminamos sus frases, anticipamos sus respuestas, y resolvemos sus dudas antes de que hayan tenido tiempo de pensarlas.
Preguntamos, pero no siempre esperamos. Nunca habíamos hablado tanto de respetar los ritmos de cada niño y, al mismo tiempo, nunca habíamos tenido tanta prisa por verlos avanzar. Cuando algo les cuesta, intervenimos. Damos una pista demasiado pronto, acercamos lo que podrían buscar, mediamos en un conflicto que quizá podían intentar resolver o evitamos una frustración antes de que aparezca. Lo hacemos para ayudar. Pero ayudar demasiado rápido también puede ser una forma de impedir que alguien aprenda. La paciencia no consiste en esperar pasivamente: es la capacidad de sostener un proceso sin precipitarlo. De permitir que el otro pruebe, dude, se equivoque y vuelva a empezar. De aceptar que no todo puede resolverse en el momento en que deseamos.
Pero esa capacidad se está debilitando.
Queremos que los niños toleren la frustración, aunque nosotros no toleramos que una aplicación tarde en cargar. Les pedimos que escuchen, pero los interrumpimos. Les exigimos concentración, mientras consultamos el teléfono en mitad de una conversación. Les hablamos de constancia, aunque abandonamos rápidamente todo aquello que no ofrece resultados inmediatos.
Quizá no sea la infancia la que ha perdido la paciencia. Quizá somos los adultos quienes hemos dejado de enseñarla.
La paciencia necesita oportunidades. Se aprende esperando un turno, escuchando una historia completa, terminando una tarea difícil o aceptando que no todos los deseos pueden satisfacerse inmediatamente. También, se aprende viendo adultos capaces de detenerse, guardar el teléfono, escuchar y permanecer presentes.
Nos han repetido que hay que aprovechar el tiempo, exprimir el día, salir de la zona de confort, cumplir objetivos y no detenerse demasiado. La productividad ha dejado de ser una forma de organizar el trabajo para convertirse en una medida de nuestro valor. Parece que solo merece reconocimiento quien hace mucho, llega lejos y no pierde el tiempo.
Incluso, hemos disfrazado la prisa de libertad. “Vive deprisa y muere despeinado”, decimos, como si una vida plena tuviera que ser necesariamente acelerada, intensa y llena de experiencias. Como si detenerse fuera desperdiciar la vida. Como si descansar, esperar o no producir nada visible, fuera una forma de fracaso. Y, quizá, ahí comenzó el problema: cuando dejamos de preguntarnos cómo vivir mejor y empezamos a preocuparnos únicamente por vivir más cosas.
No se trata de romantizar la lentitud ni de negar las exigencias de la vida cotidiana. Se trata de reconocer que el ritmo al que vivimos no es sano. Que estamos convirtiendo la urgencia en una forma habitual de relacionarnos. Y que, cuando todo parece urgente, dejamos de distinguir lo verdaderamente importante. Tal vez, educar también consista en proteger a los niños de nuestra propia prisa. En no completar siempre sus frases. En no resolver demasiado pronto. En no confundir lentitud con incapacidad ni silencio con ausencia de pensamiento.
La infancia no necesita correr para alcanzarnos. Quizá somos nosotros quienes deberíamos reducir el paso. Porque puede que la paciencia no haya dejado de ser una virtud. Puede que simplemente hayamos dejado de tener tiempo para practicarla.
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