Hubo un tiempo en el que una casa tenía una sola pantalla. Y no era una limitación: era un punto de encuentro. Las familias se sentaban juntas, compartían el mismo programa, comentaban lo que veían, se reían al mismo tiempo. No había opciones infinitas. No había que elegir constantemente. Había algo más difícil de encontrar hoy: coincidencia. Presencia. Un “estar” compartido que no necesitaba explicarse.
No, no todo era mejor. Sería ingenuo afirmarlo. Pero había cosas que funcionaban de otra manera. Y, sobre todo, había cosas que todavía no habíamos perdido.
La vida sucedía más fuera que dentro. En la calle, en la conversación, en la mirada.
Los niños jugaban sin supervisión constante, inventaban normas, resolvían conflictos, se aburrían… y en ese aburrimiento, construían mundo. No porque alguien lo diseñara así, sino porque no había alternativa.
Los adultos se conocían, se saludaban, compartían espacios comunes sin necesidad de planificarlo todo. Había una red invisible que sostenía lo cotidiano: comunidad.
Hoy tenemos más herramientas, más acceso, más posibilidades. Podemos hablar con cualquiera en cualquier parte del mundo en cuestión de segundos. Tenemos información ilimitada, entretenimiento constante, soluciones inmediatas. Todo está a un clic.
Y, sin embargo, algo no termina de encajar. Hablamos más, pero nos escuchamos menos. Estamos más conectados, pero menos disponibles. Tenemos más estímulos, pero menos experiencias compartidas.
El problema no es la tecnología. Nunca lo ha sido. El problema es que no hemos aprendido a convivir con ella sin sacrificar lo esencial. Hemos innovado en herramientas… pero no en humanidad. Y esa es, quizá, la gran paradoja de nuestro tiempo. Hemos construido un mundo que lo facilita todo, pero que también lo fragmenta todo. Cada miembro de una familia puede estar en la misma casa, en la misma habitación incluso y, sin embargo, en realidades completamente distintas.
Ya no hay una pantalla que reúne. Hay muchas que separan.
Y en medio de ese cambio silencioso, hay algo que estamos dejando de enseñar sin darnos cuenta. ¿Qué están aprendiendo hoy los niños sobre la espera? ¿Sobre la conversación? ¿Sobre el conflicto cara a cara? ¿Sobre el valor de mirar a alguien mientras habla?
Un niño que no necesita al otro para entretenerse, ¿aprenderá a necesitarlo para comprenderlo?; un niño que no se aburre, ¿aprenderá a crear?; un niño que siempre tiene una respuesta inmediata, ¿desarrollará la paciencia que exige el pensamiento profundo?
No es una crítica a la infancia. Es una pregunta dirigida a los adultos.
Porque hemos sido nosotros quienes hemos llenado cada vacío de estímulos. Quienes hemos sustituido la incomodidad por distracción. Quienes hemos confundido acceso con aprendizaje, conexión con relación, y presencia con disponibilidad digital.
Y, sobre todo, quienes hemos normalizado una forma de vivir en la que todo está disponible… menos el otro. No se trata de volver atrás. Nadie quiere renunciar a lo que hemos ganado. Se trata de no perder aquello que daba sentido a lo que éramos. Quizá el pasado no fue mejor. Pero había condiciones que hacían más fácil que lo mejor de las personas apareciera.
Hoy, el reto es otro. No es recuperar lo que había. Es sostener lo humano en medio de todo lo que hemos construido.
Porque nunca hemos tenido tanto… y, sin embargo, pocas veces hemos estado tan lejos unos de otros.
Forma de pago: transferencia o depósito en el banco BHD León a la cuenta 27190380011