Recientemente, tuve la oportunidad de entrenar en oratoria a una joven de 15 años de cara a su participación en un concurso nacional, donde competiría con un discurso propio y sería evaluada tanto por el contenido y mensaje de su disertación, como por su puesta en escena en este arte del buen hablar. En ese proceso de mentoría, conversamos mucho sobre la importancia del diálogo interpersonal y el impacto de la tecnología a todos los niveles. Y, ciertamente, es así.
La revolución tecnológica experimentada en las últimas décadas ha tenido un impacto transformador en la vida del ser humano redefiniendo, incluso, los procesos de comunicación. Sin embargo, la dependencia excesiva de estas herramientas, como celulares, tabletas, ordenadores, WhatsApp, redes sociales, entre muchos otros, está generando consecuencias negativas severas, que van desde el debilitamiento de las habilidades cognitivas y motoras, la salud física y mental, y el desarrollo de los vínculos interpersonales.
Con mi alumna conocí sobre el estudio “The Effect of Technology on Face-to-Face Communication”, realizado por Emily Drago, estudiante de Elon University.
Encuestando a 100 estudiantes de su universidad, Drago pudo profundizar en cómo los celulares y otras tecnologías estaban impactando sus interacciones presenciales, arrojando como resultado, que esta tenía un gran efecto negativo en la comunicación cara a cara.
Publicado en Inquiries Journal, esta investigación reflejó las preocupaciones sobre cómo los dispositivos móviles y las redes sociales pueden interferir con las interacciones humanas directas, tanto en la calidad como en la cantidad de la comunicación presencial, un tema muy relevante hace una década, cuando se efectuó el estudio, y que aún hoy día persiste drásticamente. Un abrumador 92% de los jóvenes encuestados creía que la tecnología afectaba negativamente la comunicación frente a frente; y el 89% entendía que, ciertamente, percibían una degradación en la calidad de las conversaciones con la presencia de tecnología.
Concluyeron que la rápida expansión tecnológica está afectando negativamente la comunicación presencial; que las personas para comunicarse con amigos y familiares, dependen cada vez más de los teléfonos y dispositivos, incluso, estando en presencia de otras personas, y descuidando la interacción personal in situ. Sustituyen las conversaciones profundas por mensajería instantánea, siendo también los dispositivos una distracción en reuniones sociales.
Consciente, o inconscientemente, la realidad es que toda esta estructura y dinámica empieza en el hogar desde la infancia, y somos los adultos los responsables. De acuerdo con científicos cognitivos del Instituto de Tecnología de Massachusetts, el hecho de hablarle a los niños todo el día, o sentarlos frente a un televisor que les hable, no es lo que desarrolla su capacidad de comunicación, sino el mantener una conversación con ellos, un diálogo interactivo plasmado de giros conversacionales, donde los pequeños tengan la oportunidad de intercambiar ideas, conceptos, opiniones y hasta sentimientos. Estos hallazgos sugieren que los padres pueden tener una influencia considerable en el desarrollo del lenguaje y el cerebro de sus hijos al entablar una conversación con ellos, ya que esto les permite practicar sus habilidades de comunicación, incluida la capacidad de comprender lo que otra persona intenta decir y de responder de manera apropiada. Y, a mi juicio, esto también aplica para los jóvenes.
¿Qué debemos hacer para estar suficientemente presentes en el mundo real? Es el gran desafío que todos tenemos en esta era digital, y el gran compromiso que te invito a practicar en este 2026.
Naciones como Francia, China, Hungría, Finlandia y Nueva Zelanda han adoptado medidas para restringir y regular en los colegios el uso de celulares y tabletas, buscando mejorar el aprendizaje y el bienestar de los estudiantes. Australia, y otros países desarrollados, ya han
legislado para prohibir el uso de RRSS antes de los 16 años. Esos son pasos
en la dirección correcta.
De nuestra parte, propiciemos una desintoxicación digital; establezcamos “zonas y momentos análogos, libres de tecnología”, prioricemos la
interacción humana, y revaloricemos la conversación y el diálogo presencial. Es tiempo de reforzar la calidad y la conexión genuina de los vínculos interpersonales con nuestra familia, amigos y compañeros. Fomentemos
la escucha activa, el respeto y la empatía a través de conversaciones reales y profundas.
¡Manos a la obra! ¡Más abrazos, más humanidad, más diálogo, y menos tecnología!
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