Cada vez es más común escuchar a alguien decir: “yo tengo derecho a opinar, porque aquí hay democracia”. Pero, esas mismas personas no entienden que los demás tienen el mismo derecho, y tú puedes estar o no de acuerdo con su opinión, pero eso no te da derecho a menospreciar, ni atacar a nadie. La misma libertad que tienes tú, es la misma que tengo yo. Y, si todos no tenemos los mismos derechos, entonces tú tienes un privilegio.
Mi papá, que en paz descanse, entendió el significado de la democracia. A pesar de que militaba en un partido político, y sabía que yo iba a votar por un candidato contrario al suyo, me despertó en el día de las elecciones para que me levantara y fuera a ejercer mi derecho al voto. A él no le importaba por quién yo iba a votar, simplemente quería que yo pudiera cumplir con mi deber ciudadano.
Ese comportamiento de mi papá siempre me llamó la atención, porque no era lo común. La mayoría de las personas quieren “tener razón” y que pienses como ellos, si no lo haces es porque “te están pagando para que digas eso”.
Aquí no se discuten los temas con argumentos, sino con descalificaciones. La manera más fácil de decir que no estás de acuerdo con alguien, es descalificándolo.
La democracia está muy bien, pero no que la ejerza otro. Si no me gusta cómo piensan los demás, si piensan diferente a mí, pues le reporto la página o armo un movimiento para “tumbarle la página”. Así se reportan las cuentas en redes sociales de medios de comunicación, de figuras públicas y de ciudadanos comunes y corrientes que opinan diferente o simplemente no dicen lo que tú quieres que digan.
El cantautor y activista panameño, Rubén Blades, dijo en una ocasión: “No hay que respetar la opinión, hay que respetar el derecho a opinar. Toda persona tiene derecho a opinar, pero no todas las opiniones son válidas ni respetables”.
Ahí está el asunto, que tu opinión a mí me parezca errónea, no quiere decir que tengo que impedirte el derecho que tienes de opinar.
Pero, es aún peor, los que apoyan opiniones sin saber de qué se está hablando. El Código Penal es el mejor ejemplo, muchas discusiones por el código, pero unos pocos ofrecen argumentos, otros repiten como un eco. Saben que hay un disgusto, aunque no saben porqué, pero ellos también están disgustados.
Tenemos que fomentar la curiosidad en la gente. Qué es lo que se discute, cómo me afecta como ciudadano o cómo me beneficia, cómo afecta a la colectividad o cómo beneficia a un grupo en específico.
Sin darnos cuenta, nos estamos convirtiendo en borregos de un grupo que dice: brinquen, y brincamos. Pero no nos preguntamos por qué hay que brincar.
No me voy a cansar de decir que tenemos que fomentar el pensamiento crítico en los chicos que tenemos en las escuelas, tenemos que lograr que los jóvenes que estamos formando se interesen, y quieran saber qué pasa en el mundo en el que viven.
Y, ojalá, que en el futuro puedan elegir candidatos, no partidos…porque aquí se hereda el partido por el que se tiene que votar como si fuera un equipo de béisbol.
Cuando entendamos que mis derechos terminan donde empiezan los derechos de los demás, entonces aprenderemos también que los demás merecen respeto, y dentro de ese respeto está el derecho a disentir, a pensar diferente y no ser agredido por eso.
La peor censura que existe es la autocensura. La gente que evita decir lo que piensa, por miedo a la reacción de un grupo que no tolera que piensen diferente a ellos, y por consiguiente, si piensas así fue porque te pagaron.
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