Me encanta poner el dedo en la llaga… aunque me salpique. Hoy quiero hablar del ego. Y no del ego como concepto abstracto, sino del ego que se cuela en las reuniones, en los pasillos, en los correos, en las decisiones que deberían ser simples y se vuelven tormentas. Ese ego que, sin darnos cuenta, se convierte en el desgaste silencioso del liderazgo.
Hace poco, una amiga que dirige una gran institución, me compartió algo que aún me tiene pensando, y me pidió si podía tratarlo como un dilema dentro de mi plataforma de contenido.
Me dijo: “Bredyg, me gusta lo que hago y confío en que podemos convertir esta entidad en un referente en Latinoamérica. Tenemos la trayectoria, el conocimiento y las herramientas necesarias”.
Hizo una pausa, respiró hondo y continuó, visiblemente frustrada: “Pero, tengo un gran reto. Lo que más me agota no es la responsabilidad de gestionar esta mega estructura con más de 3,000 empleados, ni hacer que todo funcione, ni sostener la presión de los resultados. Lo que más me drena, es que muchas de las cosas que no se logran… se deben a la lucha de egos internos. Se pierde el foco. Se pierden las formas”.
Me confesó que lo que más la frustra, y hasta le genera impotencia, es tener que liderar egos que no se sabe gestionar. Ha visto proyectos brillantes caerse, frenarse o diluirse por choques innecesarios, por inseguridades disfrazadas de poder, por rivalidades que nadie admite, pero que todos sienten. “Te confieso que eso me frustra”, concluyó.
Esta conversación me tocó y me puso a pensar, incluso, en la forma en que me he conducido y en que uno, sin quererlo, a veces se convierte en parte de la retranca, no de la solución. Ese diálogo que se dio, de manera espontánea, me dejó varias reflexiones que hoy comparto contigo:
Cuando el ego manda, nadie escucha.
Cuando el ego lidera, nadie aprende.
Cuando el ego se siente amenazado… todo se vuelve personal.
Y el líder deja de dirigir proyectos… para contener las fricciones humanas.
Pero, en su defensa, el ego no es el problema. El ego también impulsa: nos da ambición, nos da creatividad, nos da el deseo de dejar huella.
El problema aparece cuando no lo reconocemos, cuando lo dejamos crecer sin conciencia, cuando lo priorizamos por encima del bien colectivo.
Todos tenemos ego, y eso es sano. Lo que no todos tienen, es la capacidad de notar cuándo el ego los está conduciendo. Y ahí es donde se convierte en un obstáculo.
En las organizaciones, y también en nuestras relaciones personales, necesitamos crear espacios donde el ego no sea un enemigo, sino una alerta. ¡Convertirlo en un aliado!
• Donde la validación no sustituya
la inteligencia emocional.
• Donde el talento brille sin
necesidad de humillar.
• Donde la seguridad personal no dependa de ganar una discusión.
• Donde la colaboración no se vea amenazada por el protagonismo.
Ese es el dilema del liderazgo moderno: ¿Cómo avanzar cuando lo que más
pesa no es el trabajo, sino las emociones de las que nadie quiere hacerse cargo de gestionar?
Porque, al final, los proyectos no fracasan por falta de capacidad técnica: fracasan por silencios incómodos, por heridas no atendidas, por inseguridades disfrazadas de autoridad, por la incapacidad de reconocer que todos necesitamos aprender a convivir con nuestro propio ego.
Este es mi llamado a través de
estas palabras:
• Míranos desde adentro.
• No perdamos el foco.
• Que tu brillo resplandezca sin opacar
la luz de los demás.
• Que pensemos en los resultados colectivos antes que en los individuales.
• Que el ego no sea la barrera que nos impida avanzar, sino la señal que nos recuerde que siempre podemos liderar con más conciencia, más humildad y
más humanidad.
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