Esta frase es atribuida al filósofo estoico Epicteto, y su mensaje va centrado en lo que nosotros podemos controlar, que es cómo reaccionamos ante la vida. Sin duda, todos pasamos por situaciones adversas, la vida no es color de rosas. Pero, ¿quejarte es la solución?
En un mundo donde las noticias suelen resaltar lo que no funciona, las tragedias, lo que está mal, es fácil acostumbrarse a mirar la vida desde el pesimismo. Los problemas parecen ocupar todos los espacios: en el trabajo, en la familia, en la economía, en la sociedad. Y cuando esa mirada se vuelve costumbre, corremos el riesgo de creer que todo está mal o
que nada puede cambiar.
Pero, con el tiempo, he comprendido algo sencillo: muchas veces no es la realidad la que cambia nuestro ánimo, sino el cristal con el que la miramos.
Todos llevamos unos lentes invisibles puestos. Con ellos, interpretamos lo que sucede, damos significado a lo que vivimos, y decidimos si una situación es una oportunidad o un obstáculo definitivo. El problema es que, a veces, esos cristales se llenan de polvo, de frustraciones acumuladas, de miedos, de expectativas no cumplidas, o de la costumbre de enfocarnos en lo que falta. Y cuando eso ocurre, incluso, las cosas buenas pueden verse opacas.
No se trata de negar los problemas ni de adoptar un optimismo ingenuo. La vida está llena de desafíos reales. Las mujeres lo sabemos bien: equilibramos trabajo, familia, sueños personales y responsabilidades que, muchas veces, no se ven ni se reconocen. Sabemos lo que es levantarnos cuando el cansancio pesa, y seguir adelante cuando las circunstancias no son ideales.
Es una decisión que requiere conciencia. Significa resistirse a la narrativa fácil de la queja permanente, y apostar por una visión más amplia de la realidad. Una que reconozca los desafíos, sí, pero que también sea capaz de identificar oportunidades, construir alternativas y generar cambios.
Mirar la vida con cristales limpios no implica ingenuidad, implica claridad. Es entender que los problemas existen, pero quedarse atrapados en ellos, rara vez, produce soluciones.
En tiempos de incertidumbre, esa capacidad de mirar con perspectiva se vuelve una forma de liderazgo. Porque cuando una mujer decide limpiar el cristal con el que observa su realidad, algo más ocurre: también empieza a influir en la forma en que otros la miran. Su actitud abre caminos, inspira confianza, y recuerda que, incluso, en escenarios difíciles, siempre existe margen para construir algo mejor.
Tal vez, ese sea uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo: aprender a mirar el mundo sin ignorar sus problemas, pero sin permitir que ellos definan completamente nuestra visión.
Al final, la diferencia entre una realidad paralizante, y una realidad transformadora, muchas veces no está en lo que ocurre, sino en el cristal desde el que decidimos mirarla. Y ese cristal, aunque a veces lo olvidemos, siempre está en nuestras manos limpiarlo.
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