La escuela es, hoy más que nunca, el blanco perfecto. Cualquier fallo, duda o conflicto que surge en el entorno educativo, rápidamente se transforma en un juicio sumario hacia docentes, directivos o métodos pedagógicos. Y, muchas veces, esos juicios no vienen de voces expertas ni informadas, sino de relatos personales convertidos en verdades universales, experiencias individuales elevadas a categoría de diagnóstico sistémico.
La crítica educativa se ha democratizado… y se ha banalizado. Ya no hace falta comprender el complejo engranaje que sostiene un aula para opinar con firmeza sobre lo que debería hacerse dentro de ella. Basta con ser madre o padre. Basta con tener un hijo. Basta con que ese hijo haya vivido una situación que no nos gusta, para sentenciar que la escuela entera está fallando. La subjetividad se disfraza de objetividad, y la anécdota se proclama evidencia.
Pero, ¿dónde queda el conocimiento pedagógico? ¿Dónde queda la comprensión de los procesos madurativos, de las dinámicas grupales, de la diversidad cognitiva, afectiva, social que atraviesa cada aula? ¿Dónde queda la escucha real a los profesionales que se dejan la piel —y muchas veces la salud mental— cada día para sostener el acto más difícil del mundo: enseñar?
No es solo una falta de respeto. Es una forma de violencia simbólica. Porque lo que se cuestiona no es un hecho, sino la legitimidad misma del rol docente. Y lo que es aún más grave: ese desprecio no se queda en el aire. Repercute directamente sobre los niños. Cuando se acusa a la escuela de incompetencia frente a ellos, ellos también aprenden. Aprenden que no vale la pena esforzarse, que el profesor puede ser desautorizado, que si algo sale mal, la culpa siempre es del sistema. Aprenden a desconfiar, a señalar, a exigir sin construir. Porque han visto a sus adultos hacerlo.
La pedagogía necesita crítica, sí. Pero una crítica informada, contextualizada, rigurosa. Una crítica que no parta de la herida, sino del deseo de mejorar. Que se atreva a complejizar, no a simplificar. Porque educar es una de las tareas más difíciles que existen, y tratarla con ligereza es una irresponsabilidad que no podemos seguir tolerando.
En cada piedra que se lanza contra la escuela sin fundamento, hay una fractura más en el andamiaje emocional del estudiante. Cada vez que un adulto acusa sin comprender, desautoriza sin preguntar, desacredita sin saber… está dinamitando el suelo sobre el que el niño construye su confianza, su esfuerzo, su identidad. No hay crítica inocua. Toda opinión tiene eco. Y ese eco, tarde o temprano, rebota en la cabeza de los más vulnerables.
Quizás, ha llegado el momento de decirlo con claridad:
opinar sobre educación no convierte a nadie en educador. Tener hijos no es lo mismo que haber estudiado pedagogía. Y una mala experiencia personal, por dolorosa que sea, no es suficiente para deslegitimar el trabajo de miles de profesionales comprometidos.
La escuela necesita aliados, no francotiradores. Necesita diálogo, no dictámenes. Necesita humildad para aprender, no soberbia para pontificar. Porque si seguimos erosionando su autoridad desde fuera, será dentro —en el aula, con los niños— donde estallen las consecuencias.
Y ya es hora de asumirlo: cuando lanzamos piedras contra el tejado de la escuela, no hacemos ruido… hacemos daño. Y ese daño no lo reciben los profesores. Lo reciben los estudiantes. A los que decimos querer proteger.
Quizás, ha llegado el momento de guardar las piedras, y empezar a construir con ellas.
Forma de pago: transferencia o depósito en el banco BHD León a la cuenta 27190380011