La pandemia silenciosa

No todas las pandemias dejan rastros visibles. Algunas no llenan titulares ni cifras oficiales, pero corroen por dentro. Esta vez, el virus no se propaga por el aire, sino por la mente. No se detecta en una prueba médica, pero sí en las miradas vacías de muchos adolescentes que han perdido la ilusión por vivir, la fuerza para soñar y la capacidad de entusiasmarse.

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October 16, 2025

Estamos frente a una emergencia silenciosa: una crisis de salud mental que golpea a nuestros niños y jóvenes con una crudeza que asusta. Ansiedad, depresión, autolesiones, tristeza persistente, encierro emocional. Datos que ya no caben en las estadísticas, sino en los pasillos de cada escuela, en las casas donde los silencios son más largos que las conversaciones, en los ojos de los chicos que ya no saben ponerle nombre a lo que sienten. La paradoja es que nunca habíamos hablado tanto de bienestar, de inteligencia emocional, de felicidad. Y, sin embargo, nunca habíamos tenido una generación tan rota por dentro. Porque mientras multiplicamos los discursos sobre autocuidado, seguimos viviendo en una cultura que los devora: la de la comparación constante, la del éxito instantáneo, la del rendimiento disfrazado de valía personal.

Los niños ya no juegan: compiten. Ya no descansan: rinden. Ya no sueñan: se comparan. Crecen midiendo su valor en “likes”, su pertenencia en seguidores, su identidad en filtros. Cada vez más conectados y, paradójicamente, más solos.

La escuela, muchas veces sin quererlo, también contribuye a esta fatiga existencial. Las exigencias se multiplican, los currículos crecen, las evaluaciones se intensifican. Y aunque intentamos formar personas íntegras, seguimos midiendo el éxito con números, notas y rankings. Les pedimos que se esfuercen, pero rara vez les enseñamos a respirar. Les exigimos resiliencia, pero no siempre les ofrecemos refugio. Y los adultos, mientras tanto, corremos en la misma rueda. Padres saturados, docentes agotados, comunidades cansadas. No hay tiempo para escuchar, ni paciencia para sostener, ni energía para acompañar. En un mundo que mide todo en velocidad y productividad, detenerse a cuidar se ha vuelto casi un acto revolucionario.

Pero, ¿cómo llegamos hasta aquí? Tal vez, confundimos bienestar con entretenimiento, y salud mental con evasión. Tal vez, pensamos que proteger era evitar el dolor, cuando en realidad, se trata de aprender a transitarlo. Los niños no necesitan que los apartemos de toda dificultad; necesitan adultos que los acompañen
a atravesarla.

A veces, lo más urgente no es enseñarles a resolver ecuaciones, sino a encontrar razones para seguir adelante. No es solo formar mentes brillantes, sino corazones que no se rompan en silencio.

Porque sí, esta también es una pandemia. Una que no se ve, pero mata en silencio. Que no se propaga por contagio, sino por desatención. Y que solo se cura con presencia, escucha y humanidad. Quizás ha llegado el momento de asumir que la salud mental no es un asunto médico, sino educativo, comunitario, profundamente humano. Si la escuela no enseña a cuidar la vida, ¿de qué sirve todo lo demás? 

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