La cooperación internacional en ciberseguridad ha sido, durante las últimas dos décadas, un motor clave para fortalecer la capacidad de los Estados de anticipar, prevenir y responder a riesgos en el entorno digital. Sin embargo, en los últimos años se percibe una desviación preocupante: parte de esta cooperación ha evolucionado desde la creación de capacidades hacia la promoción de soluciones que, aunque útiles en el corto plazo, no necesariamente generan autonomía ni sostenibilidad en los países receptores.
El problema no radica en los recursos en sí, sino en el enfoque. Dotar a un país de mecanismos sin transferir conocimiento, sin formar talento local y sin desarrollar procesos propios, crea dependencia. La ciberseguridad no se construye únicamente con herramientas; se construye con criterio, organización, gobernanza y personas capacitadas. Un sistema sin capacidades locales es una solución limitada. En cambio, un equipo formado puede adaptarse, evolucionar y responder a nuevos desafíos con independencia.
La diferencia es clara: no se trata de recibir la miel, sino de aprender a criar las abejas y cuidar el panal.
La experiencia de la República Dominicana ilustra cómo la cooperación bien orientada puede generar resultados sostenibles. Desde los inicios del Centro Nacional de Ciberseguridad, el país logró desarrollar en poco tiempo capacidades para identificar riesgos, proteger sistemas críticos y responder a incidentes, incluyendo un esquema nacional de monitoreo y respuesta construido con esfuerzo local, acompañamiento técnico y transferencia de conocimiento. Este avance no fue producto de una solución inmediata, sino del trabajo conjunto entre equipos nacionales y aliados internacionales comprometidos con la creación de capacidades reales, como la Organización de los Estados Americanos (OEA), el Banco Mundual, el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), el Foro de Equipos de Respuesta a Incidentes y Seguridad (FIRST),
entre otros.
En lo personal, recuerdo el impacto de haber participado en 2017 en un programa intensivo de formación en España por el Instituto Nacional de Ciberseguridad (INCIBE). Más que conocimientos teóricos, regresé al país con una visión práctica de cómo estructurar un equipo nacional, cómo organizar la respuesta ante incidentes y cómo integrar distintas funciones para generar una capacidad operativa real. Posteriormente, espacios internacionales de intercambio permitieron profundizar en modelos de análisis de amenazas y, más importante aún, en metodologías y métricas para responder de manera efectiva.
Aquella experiencia fue, en esencia, un paquete completo de capacidades: conocimiento, método y práctica. A partir de ahí, el proceso fue claro: experimentar, fallar, ajustar, mejorar y evolucionar. Ese ciclo permitió no solo implementar capacidades, sino internalizarlas y adaptarlas al contexto nacional. Hoy, esos cimientos continúan fortaleciéndose en un proceso de mejora continua.
Organismos y programas internacionales han sido fundamentales en este proceso. Su valor ha radicado en acompañar, transferir conocimiento y conectar comunidades, más que en imponer soluciones cerradas. En este mismo sentido, el Centro de Cibercapacidades de Latinoamérica y el Caribe (LAC4) ha emergido en los últimos años como un pilar estratégico para la región. Más allá de generar conocimientos prácticos, ha logrado algo aún más valioso: conectar personas, equipos e instituciones que construyen de manera conjunta respuestas adaptadas a la realidad de América Latina y el Caribe. Para países en desarrollo, esta red de confianza y colaboración es esencial para evitar duplicidades, compartir aprendizajes y acelerar la madurez colectiva.
La creación de capacidades en ciberseguridad exige una visión distinta: democratizar el conocimiento, formar formadores, coordinar esfuerzos y acompañar la implementación de lecciones aprendidas. Requiere entender que la sostenibilidad no se logra con adquisiciones, sino con talento y apropiación local.
La verdadera resiliencia no se compra: se construye. La cooperación internacional debe volver a su esencia, apostando por el desarrollo de capacidades que permitan a los países no solo protegerse hoy, sino evolucionar mañana.
Porque, al final, la diferencia entre dependencia y soberanía digital está en una decisión simple: dar la miel o enseñar a producirla.
Forma de pago: transferencia o depósito en el banco BHD León a la cuenta 27190380011