“Papá, mírame”. A veces, no lo dicen exactamente así. Empiezan a contarnos algo mientras respondemos un mensaje, nos enseñan un dibujo mientras revisamos el correo, intentan explicarnos lo que ocurrió en el colegio mientras deslizamos el dedo por la pantalla. Nos cuentan una historia larguísima, llena de detalles aparentemente irrelevantes, justo cuando estamos terminando algo importante. Y nosotros respondemos casi automáticamente: “Sí, sí, te estoy escuchando”. Pero ellos saben que no es del todo verdad, porque hay una forma de escuchar que necesita los oídos y otra que necesita los ojos.
Durante los últimos años, hemos hablado muchísimo del tiempo que nuestros hijos pasan delante de las pantallas. Nos preocupan TikTok, Instagram, los videojuegos, los vídeos cortos, las notificaciones y ese teléfono que parece haberse convertido en una prolongación de sus manos. Ponemos horarios, establecemos normas, y les pedimos que dejen el móvil durante la comida; lo prohibimos en la escuela, y les recordamos que no pueden estar todo el día conectados.
Y, probablemente, hacemos bien. Pero, quizá, hemos mirado demasiado hacia un solo lado, porque mientras les pedimos que levanten la cabeza de la pantalla, nosotros también la bajamos constantemente. No hace falta pasar horas mirando el teléfono para estar ausente. A veces, basta con pequeñas interrupciones. Un mensaje durante una conversación, una notificación mientras cenamos, un correo en mitad de una historia, o una mirada rápida a WhatsApp mientras nuestro hijo intenta explicarnos que una niña le gusta muchísimo.
Son apenas unos segundos. Pero la crianza está hecha de muchos segundos.
Nunca habíamos estado tan disponibles y, paradójicamente, quizá nunca habíamos sido tan fáciles de distraer. Nos pueden localizar en cualquier momento, desde cualquier lugar. Contestamos rápido, resolvemos rápido, trabajamos rápido. Llevamos la oficina en el bolsillo, las noticias en el bolsillo, los amigos en el bolsillo, el entretenimiento en el bolsillo. También, llevamos la distracción, y esa distracción entra con nosotros en casa.
El teléfono simplemente encontró un lugar perfecto dentro de ella, y el problema aparece cuando confundimos estar cerca con estar presentes.
Podemos compartir sofá, y encontrarnos en mundos completamente diferentes. Podemos acompañarlos al entrenamiento, mientras respondemos correos. Podemos sentarnos juntos a comer, mientras el teléfono permanece boca arriba, preparado para reclamar nuestra atención en cualquier momento.
Y, quizá, ahí haya algo que estamos subestimando: la mirada también educa. No parece gran cosa, pero probablemente lo sea.
Los niños aprenden cómo se construyen las relaciones observando cómo nos relacionamos con ellos. Aprenden a escuchar siendo escuchados, y aprenden a mirar siendo mirados. Aprenden que una conversación merece tiempo cuando alguien les concede tiempo.
Después, nos sorprende que los adolescentes contesten sin levantar la cabeza del teléfono, donde quizá algunas veces simplemente están reproduciendo una escena que llevan años viendo. Porque queremos que nos cuenten sus cosas, y que cuando tengan un problema, vengan a nosotros, que nos expliquen lo que sienten, que confíen, que hablen. Pero la confianza no suele construirse el día en que aparece un gran problema. Se construye mucho antes.
No se trata de convertir cada conversación familiar en un ejercicio solemne de atención plena. Tampoco de demonizar el teléfono. Los adultos necesitamos trabajar, contestar mensajes y atender responsabilidades. Nuestros hijos también deben aprender que no siempre estamos disponibles inmediatamente, porque la presencia no significa disponibilidad permanente, pero debería existir algún lugar del día en el que nuestros hijos sepan que pueden encontrarnos completos, sin una pantalla entre medias, sin la conversación compitiendo contra una notificación, y sin la sensación de que cualquier cosa que aparezca en el teléfono puede resultar más importante que aquello que están intentando decir.
Tal vez, el verdadero problema no sea cuánto usamos el móvil, sino cuántas veces permitimos que decida por nosotros dónde colocar la atención. Porque la atención también es una forma de afecto, y quizá, nuestros hijos necesiten menos grandes planes de los que imaginamos. Menos actividades extraordinarias y menos fotografías demostrando todo lo que hacemos juntos. Quizá, necesiten algo bastante más sencillo: nuestra cara, nuestra mirada, unos minutos en los que nada compita con ellos.
Dentro de unos años, probablemente, no recordaremos aquellos mensajes que parecían urgentes, los correos que necesitábamos responder inmediatamente, ni las noticias que no podían esperar cinco minutos. Ellos quizá tampoco, pero puede que recuerden otra cosa: si cuando tenían algo importante que contarnos, levantábamos la cabeza.
Porque escuchar a un niño no siempre consiste en encontrar las palabras adecuadas, basta con guardar el teléfono, mirarlo y escucharlo con los ojos.
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