PISA 2025, un espejo de vergüenzas

Cada vez que aparecen los resultados de PISA, comienza el mismo ritual. Buscamos culpables. Las pantallas. La pandemia. Las familias. Los profesores. Las leyes educativas. La falta de inversión. El exceso de innovación o, dependiendo de quién hable, la falta de ella. Durante unos días, la educación se convierte en una enorme mesa de autopsias. Después, todo vuelve a la normalidad.

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September 18, 2026

PISA 2025, sin embargo, debería incomodarnos un poco más. No porque un país haya subido cinco puestos y otro haya bajado siete. Ni porque debamos convertir la educación en una competición internacional, sino porque algo mucho más básico parece estar deteriorándose.

Nuestros jóvenes comprenden peor, razonan peor. Y cada vez más tienen dificultades para utilizar lo que saben cuándo cambia el problema, y eso sí debería preocuparnos.

Podemos discutir si PISA mide toda la complejidad educativa. Evidentemente, no lo hace. No mide la empatía, la creatividad, la bondad, la capacidad artística ni muchas otras dimensiones imprescindibles de una vida. Pero leer, y comprender, sí importa; resolver problemas, importa; interpretar información, importa; distinguir un argumento sólido de uno falso, importa; y especialmente ahora.

Nunca habíamos tenido acceso a tanto conocimiento y, paradójicamente, empezamos a tener más dificultades para hacer algo inteligente con él.

PISA detecta incluso un fenómeno revelador: cada vez hay más estudiantes que leen deprisa y contestan deprisa, pero comprenden peor. Los llamados “hasty readers”, lectores apresurados, casi se han duplicado desde 2018. Quizá sea difícil encontrar una metáfora mejor de nuestro tiempo. Leemos titulares, adelantamos audios, saltamos párrafos, consumimos vídeos de segundos, y consultamos una inteligencia artificial antes, incluso, de intentar resolver por nosotros mismos aquello que tenemos delante.

Todo tiene que ocurrir rápido, pero aprender sigue siendo desesperadamente lento. Comprender requiere quedarse, volver atrás, equivocarse, relacionar, memorizar algunas cosas, dudar de otras, sostener la atención cuando ya no resulta agradable hacerlo. Quizá, el problema no sea solo educativo, quizá sea cultural. Y ahí aparece uno de los culpables favoritos de estos días: la tecnología.

Las pantallas parecen explicarlo todo. Pero la realidad vuelve a ser más incómoda.

Algunos de los sistemas con mejores resultados educativos pertenecen también a sociedades profundamente digitalizadas. La propia OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos) reconoce que un uso limitado, o moderado de dispositivos para aprender, puede asociarse con mejores resultados. El deterioro aparece especialmente cuando la tecnología se convierte en ocio, distracción permanente o sustituto del esfuerzo cognitivo. 

Luego, quizá llevamos años formulando mal la pregunta. No es pantalla sí o pantalla no. Es qué hacemos cuando tenemos una pantalla delante.

La diferencia no está en el dispositivo, está en el hábito. No estamos solamente educando usuarios de tecnología, estamos entrenando cerebros mientras la utilizan. Y eso cambia bastante el debate.

Con la inteligencia artificial, ocurre algo parecido. La OCDE señala que los estudiantes de mayor rendimiento tienden a utilizarla menos para resolver directamente determinadas tareas escolares, y advierte de un riesgo evidente: sustituir comprensión por producción de respuestas. 

Nunca había sido tan fácil parecer que sabemos. Y, quizá, nunca había sido tan importante comprobar si realmente sabemos. Por eso, también deberíamos recuperar una palabra que la educación contemporánea pronuncia cada vez con más cautela: conocimiento.

Porque para pensar críticamente necesitamos algo sobre lo que pensar. Para relacionar ideas, necesitamos tener ideas almacenadas. Para interpretar un texto, necesitamos vocabulario. Para resolver un problema matemático, necesitamos conocimientos matemáticos. La competencia no sustituye al conocimiento. Lo utiliza.

Y ahí el profesor vuelve a ocupar el lugar que nunca debió perder. No como simple facilitador. No como animador de experiencias, sino como alguien que sabe mucho, que sabe enseñar lo que sabe, y consigue que otro termine comprendiendo algo que antes no comprendía.

La propia OCDE insiste en la importancia del apoyo docente, las relaciones positivas, el clima de aula y la persistencia del estudiante. También, señala que los sistemas que mejor resisten concentran esfuerzos, invierten en sus profesores y trabajan con mayor profundidad. 

Puede parecer poco revolucionario o menos atractivo que anunciar una nueva metodología. Quizá porque no lo es. Pero quizá tenga más impacto.

Quizá, PISA 2025 no nos está pidiendo otra revolución educativa. Tal vez, nos está pidiendo algo mucho más difícil. Dejar de confundir innovación con aprendizaje, dejar de confundir actividad con comprensión, dejar de confundir tecnología con progreso, y dejar de confundir bienestar con ausencia de esfuerzo.

Porque podemos cambiar los espacios, los dispositivos, las metodologías, los currículos… Incluso, podemos cambiar las palabras con las que hablamos de educación. Pero, al final, seguirá existiendo una pregunta bastante incómoda: ¿el estudiante sabe hoy más y comprende mejor que ayer?

Porque si la respuesta es no, todo lo demás puede ser extraordinariamente moderno, pero seguirá sin ser aprendizaje. Y, quizá, esa sea la gran advertencia de PISA 2025: hemos dedicado demasiada energía a transformar la escuela y nos hemos olvidado de quien aprende. 

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