Silencio estratégico, comunicación efectiva

A menudo se estereotipa a la mujer como habladora. Salvo excepciones, o situaciones especiales como la timidez, se dice que las mujeres “hablan hasta por los codos”. Solo hace falta visitar un salón de belleza, ese monumento al culto de la hermosura, que a menudo sirve de desahogo… En reuniones entre mujeres, se pueden oír cinco, seis o hasta diez voces al unísono, pero rara vez se escucha, clara y concisa, la voz interior de alguna de las interlocutoras.

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February 22, 2026

Históricamente, la mujer ha utilizado la palabra como una defensa natural. En muchos casos, ha sido muy efectiva, pero en otros, no tanto, sobre todo, cuando ese parloteo interrumpe el curso natural de las decisiones, intenta convencer en lugar de dejar fluir, y mantiene un ruido constante entre lo que se hace y lo que se quiere.

Me identifico plenamente con estos escenarios. Durante muchos años, utilicé mi voz por encima de mis acciones. Consciente del poder de la palabra, y del don de saber qué y cómo decir las cosas correctas para mover decisiones y elevar pasiones. Ese fue mi esquema de vida por casi 30 años. Hablaba y hablaba hasta quedarme sin aliento.

En mis conversaciones con mi pareja, la dinámica era un monólogo. Yo hablaba, convencida de que mi narrativa era lo suficientemente poderosa para hacerlo entrar en razón, cambiar sus decisiones y/o acciones, y lograr que actuara como yo había idealizado. El resultado era siempre el mismo: él me hacía creer que me escuchaba, pero en realidad, su atención solo duraba los primeros 5 minutos de una conversación que solía extenderse por una o dos horas, y cuyas respuestas terminan asintiendo con un monosílabo, si/no, tal vez. Y remataba con un: “tienes la razón”.

Ese era mi caso, y pronto comencé a notar el mismo patrón en mis amigas. Tras sus encuentros con sus parejas, venían los análisis interminables: “Le planteé…”, “Le dije…”, “Le expuse…”, “Le analicé…”. Al cabo de un par de días, volvíamos a tener las mismas conversaciones, pero con un mar de frustración, porque todo lo dicho y expuesto, no había tenido el efecto revolucionario esperado en el comportamiento de nuestros consortes.

Este patrón se repite una y otra vez en mi círculo: con mi hermana, con mi jefe, con mis amigos. Y ahora, como madre, se ha extrapolado a mis hijos. Me he sorprendido escuchándolos decirme que alguien les dijo, informó o analizó algo que yo ya les había repetido hasta el cansancio. O, peor aún, me preguntan exactamente lo mismo que les había explicado con lujo de detalles días, horas o semanas atrás. Por lo visto, mis interlocutores no me escucharon en ninguna de las ocasiones.

Buscando respuestas, acudí a mi amigo íntimo: la IA. Quería entender las razones por las que un ser humano presta atención o no. Fue entonces cuando recordé una poderosa frase del psiquiatra suizo Carl Jung: “Quien mira hacia afuera, sueña; quien mira hacia adentro, despierta”.

Esta cita resonó conmigo, porque mi obsesión por que los demás me escucharan era una forma de “mirar hacia afuera”. Mi monólogo constante, mis intentos de convencerlos, eran un sueño del cual necesitaba despertar.

Aprendiendo a escuchar de verdad

Al reflexionar, me di cuenta de que mi monólogo no solo impedía que los demás me escucharan, sino que me impedía a mí misma escuchar. Un cambio profundo se hizo necesario. Comprendí que la escucha va más allá de oír palabras, como lo describió el psicólogo Erich Fromm: “Escuchar es un arte. Significa que, como un artista, debes escuchar no solo las palabras, sino también las entre líneas, las emociones, la música de las palabras”.

Esta revelación me llevó a un cambio de perspectiva radical. Decidí que mi energía ya no se centraría en hablar para convencer, sino en escuchar para conectar. Dejé de asumir que mis interlocutores no me escuchaban, y comencé a preguntarme si yo realmente los estaba escuchando a ellos. El cambio no ha sido fácil, y aun transito por el con recaídas que me alertan, pero cuando realmente lo logro, el resultado ha sido liberador.

Después de reflexionar sobre todo esto, he optado por un silencio estratégico. He decidido reducir mi mensaje poderoso a los primeros tres minutos de conversación, ¡y he tenido mucho éxito!

 ¿Sientes que te escuchan, sabes escuchar? ¿Cuál ha sido tu experiencia? 

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