Cuando en la despedida de una vida dilatada y fructífera se destacan, con gran coincidencia emocional y emotiva, sus rasgos y trayectoria como ser humano que, a pesar de sus logros académicos se mantuvo cercano y sencillo, estamos en presencia de un ejemplo de admirable entereza personal, como se puso de manifiesto en el funeral de Julio Sánchez Maríñez, ex rector de INTEC.
Hace ya más de cinco décadas, en el inicio de un nuevo año escolar, los alumnos que veníamos compartiendo estudios desde la primaria en el Colegio Calasanz, al llegar al aula, nos miramos unos a otros, fijando la atención sobre un nuevo compañero que tendríamos a partir de ese momento, y del cual nada conocíamos.
Al sentarnos en nuestros pupitres, el profesor Tirso Antonio Sánchez Soriano, un verdadero maestro en todo el sentido de la palabra por su peculiar forma de enseñar, y no solo sobre las asignaturas clásicas, se dirigió a nosotros para presentar a Julio Sánchez Maríñez, quien provenía de otro centro educativo.
En ese momento, nadie podía imaginar entonces que este sería el inicio de un entrañable aprecio hacia un compañero de estudio, que rápidamente se compenetró con todos nosotros y que nos mostró, de forma auténtica y natural, sus valores humanos y personales.
A medida que avanzaron los días de colegiatura, hizo amistades de tal forma que, al poco tiempo, todo se desenvolvía en la interacción como si se tratara de un integrante del viejo grupo que provenía de los años de primaria.
¡Qué días aquellos de relación franca, provechosa y bien entendida!, de escolaridad sin bulín, y hablando y conociéndonos de frente, mirándonos a los ojos, y no a través de una fría y distante conexión telefónica o navegando por un mar digital proceloso, donde la verdad está muchas veces ausente, privilegiando la mentira y la representación teatral.
Qué experiencias aquellas que recordamos y añoramos en el Calasanz, con los profesores Tirso y Monchín, que nos llevaban a competir debajo de una mata de mango, en contacto con la naturaleza, y con una avalancha de preguntas que debíamos responder con rapidez y gran agilidad mental, entre alumnos que competían de los cursos A y B de octavo grado.
En ese vívido y cálido ambiente que propiciaban los padres escolapios, Julio había descubierto no solo compañeros de estudio, sino nuevos amigos, y nosotros así también lo percibimos por su comportamiento, sereno, prudente, cuidadoso y respetuoso en el trato personal, concentrado en sus estudios y refractario de cualquier situación que pudiese tornarse conflictiva si era mal manejada.
Esa es la admirable estampa personal que los estudiantes de aquella época hemos recordado en estas horas tras su partida, y cuyos rasgos humanos distintivos, más allá de la esfera académica, hemos visto merecidamente resaltados por estudiantes, profesores, ex alumnos, profesionales egresados de INTEC, y personal de esa prestigiosa universidad.
Uno de los más sentidos testimonios de aprecio y valoración lo oímos de labios de un egresado de INTEC, Jhoan Monegro, productor de Imoney Súper Siete, programa radial de comentarios sobre temas económicos y financieros, quien dedicó en la víspera gran parte de su espacio para narrar y subrayar las innumerables muestras de aprecio y cariño hacia el amigo y académico, que se dio a querer de forma abierta y nunca distante, con proverbial sencillez, y sin las odiosas poses pasajeras por cargos y cambiantes circunstancias.
El país ha perdido un gran académico, que luchó de forma denodada por el fortalecimiento de la educación superior, y que obtuvo logros importantes que deberán continuar como legado a la memoria de este ser humano excepcional, que rehuyó de los frágiles símbolos de la proyección individual.
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